LOS VELAZQUEÑOS DE BURGOS

Artistas poco conocidos, dos de los principales discípulos del universal genio sevillano eran burgaleses

Diario de Burgos - 23/10/2011

 

Diego Velázquez, como pintor de cámara de Felipe IV que era, tenía un taller lleno de aprendices, discípulos y colaboradores. En su tesis ‘Los velazqueños. Pintores que trabajaron en el taller de Velázquez’, María del Mar Doval Trueba señala que en ese universo, en ese agitado taller, se creó «un estructura en cuyo interior se desarrolla la actividad de un gran número de artistas de todas las especialidades, íntimamente relacionados entre sí, incluso con vínculos de parentesco o de paisanaje, y en cuyo vértice se sitúa la figura de Velázquez».

Desvela Doval Trueba que era habitual la participación de varias manos en muchas de las obras que salían del taller. Que todos tomaban parte del delicado proceso de composición de las obras. Y pone el caso, entre otros, de los dos burgaleses que ahora rescatamos del olvido: Benito Manuel Agüero y Francisco de Burgos Mantilla.

BENITO MANUEL AGÜERO

Nacido en Burgos en 1625, se trasladó joven a Madrid, donde comenzó a trabajar como aprendiz en el taller de Juan Bautista Martínez del Mazo, el yerno de Velázquez. Los cronistas de la época destacaban el gran humor del burgalés. Uno de ellos, Antonio Palomino, recoge en su obra ‘El parnaso español’ que incluso al rey de España le agradaba oírle «porque tenía dichos muy agudos y sentenciosos». Gracias a su relación con Mazo, Agüero conoció a Velázquez y se empapó de su obra, a la vez que se le abrían las puertas para trabajos de altura vetados a otros pintores de aquel Madrid prodigioso. Así, trabajó en la decoración de los palacios del Buen Retiro y de Aranjuez, dos de los lugares preferidos por Felipe IV para su solaz.

Se convirtió Agüero en un consumado paisajista que recreaba con maestría escenas mitológicas; tanto que, durante décadas, algunos de sus cuadros fueron atribuidos a Mazo e incluso al propio Velázquez, de ahí que el burgalés haya sido considerado uno de los discípulos más aventajados del gran maestro sevillano. Así escribe Palomino del estilo de Agüero: «Aunque en lo que toca a las figuras salió bastante aprovechado, sobresalió con especialidad en los paisajes, en que sin duda llegó a ser eminente; como lo manifiestan los muchos que hay de su mano en el Palacio de Aranjuez, hechos con singularísimo gusto».

‘Salida de Eneas de Cartago’

‘Salida de Eneas de Cartago’

Algunos de sus cuadros más relevantes son ‘Mercurio y Argos’, ‘Latona y los campesinos’, ‘Paisaje con una ninfa y un pastor’, ‘Dido y Eneas’, ‘Salida de Eneas de Cartago’, ‘Vista del Monasterio de El Escorial’ o ‘Vista de El Campillo’. También pintó Agüero obras religiosas, destacando ‘Imposición de la casulla a San Ildefonso’, que se hallaba en el Real Monasterio de Santa Isabel, pero que, lamentablemente, fue destruido en 1936 en el transcurso de la Guerra Civil Española.

Bodegones y puede que un retrato de Carlos II completan el legado de este desconocido pintor burgalés, uno de los más fieles seguidores del estilo de Velázquez, que falleció en Madrid en 1670.

FRANCISCO DE BURGOS MANTILLA

Nace en la capital castellana hacia 1610. Hijo de un abogado de la Real Audiencia de Burgos, la holgura económica familiar le permitió instalarse en Madrid y entrar a trabajar en el taller del pintor Pedro de las Cuevas antes de hacerlo en el de Velázquez. El cronista Lázaro Díaz del Valle, amigo personal del autor de ‘Las Meninas’, asegura del burgalés que siempre «ha procurado imitar de admirable manera» a Velázquez, haciéndose especialista en retratos al natural. Sólo se conoce una obra firmada por Burgos Mantilla, ‘Bodegón de frutos secos’, fechada en 1631, que hoy es una de las joyas de la Galería de Arte de la Universidad de Yale, en Estados Unidos. La obra, que se dio a conocer en 1970, es un trabajo de juventud (apenas tenía el burgalés 20 años cuando la pintó) y su estilo emparenta con el de artistas de la talla de Van der Hamen o Caravaggio.

‘Bodegón de frutos secos’

‘Bodegón de frutos secos’

Burgos Mantilla no sólo es considerado discípulo de Velázquez, sino también colaborador, esto es, que su mano pudiera haber contribuido al remate de algunas de las obras del inmortal genio sevillano. Algunos estudiosos apuntan que el burgalés puede estar detrás de algunos de los trajes de los miembros de la familia real. Se sabe que también hizo muchas obras de corte religioso y mitológico. Mantuvo amistad con Velázquez, realidad avalada por el hecho de que el sevillano escogió al burgalés para que declarara en su proceso para la concesión del hábito de la Orden de Santiago. Falleció en Madrid en 1672.

 
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