MANUEL DE LAMBARRI: EL PINTOR INCONFORMISTA

El pintor burgalés Manuel de Lambarri desarrolló una intensa carrera artística. Intuitivo e individualista, llegó a alcanzar reconocimiento y prestigio en el París de los años 20

Diario de Burgos - 14/06/2010

 

Nunca quiso acomodarse, ni echar raíces en un sitio, ni explotar un solo estilo, ni trabajar siempre en el mismo lugar. Tenía una pasión, que era crear. Y quiso hacerlo, y lo hizo, sin ataduras, sin urgencias, explorando siempre nuevas vías, nuevos territorios y paisajes. Manuel de Lambarri es uno de los grandes desconocidos de la pintura burgalesa. Sin embargo, se trata de un artista de talla internacional, a pesar de que empezó muy tarde a crear y, mucho más, a exhibir su obra. Un pintor de vida azarosa, pero intuitivo e individualista, que llegó a alcanzar reconocimiento y prestigio en el París de los locos años 20.

Militar de carrera por imposición paterna, Lambarri nació en un piso de la plaza Mayor de Burgos en enero de 1891; estudió en los Maristas de la capital castellana y, antes de que pudiera decir esta boca es mía sobre su futuro, su padre le obligó a ingresar en la Academia General del Ejército de Toledo.

Sin solución de continuidad, fue enviado a combatir en África a principios de los años 10. Allí fue herido en combate. Harto, pidió ingresar en el Cuerpo Militar de Intervención, siendo destinado a Madrid en 1916. En la capital fue otro. Pudo dar rienda suelta a su verdadera vocación, más relacionada con el arte que con las armas. Dibujó, pintó, escribió, fue a la ópera y al teatro, asistió a conciertos, frecuentó a la bohemia. Pero aquella vida no le duró demasiado: la muerte de su padre por paludismo le obligó a responsabilizarse de su familia (era el mayor de cinco hermanos) y a instalarse en el exótico archipiélago de Chafarinas, para pasar después a Tánger, donde se empapó de la cultura rifeña.

ZARAGOZA

En 1921 fue destinado a Zaragoza. Aquel traslado habría de convertirse en trascendental en su vida: allí pudo seguir dibujando y escribiendo; allí conoció a la que sería su mujer, Pilar Pardina; y allí ésta, consciente del talento de su esposo -y sin que él estuviera al corriente-, envió algunos de sus dibujos a la revista Buen Humor, de Madrid, que no dudó en publicarlos. Dos años más tarde, participó a distancia en un concurso de dibujo convocado por una academia parisina. Había tres modalidades: dibujo de línea, de mancha y de color. Lambarri ganó los tres.

Retrato de su esposa

Retrato de su esposa

El artista burgalés llamó la atención del director de la academia francesa, quien le animó a trasladarse a París. Lambarri no lo dudó: pidió un permiso y se instaló en la capital de Francia.

PARÍS

El artista burgalés bulló en el hervidero cultural que era el París de aquellos años. Cuando estaba a punto de expirar su permiso, envió unos dibujos a la prestigiosa revista Vogue. Se los admitieron de inmediato, ofreciéndole un contrato exclusivo. Era el año 1927. Lambarri se hinchó a firmar dibujos art déco a la vez que continuaba su aprendizaje en academias como El Dragón o La Grande Chomière. En su afán por experimentar y descubrir nuevas vetas creativas, se dedicó también al esmalte, del que acabó siendo un virtuoso, y empezó a frecuentar la pintura al óleo. El éxito de sus dibujos hizo que la revista le enviara en varias ocasiones a Londres para que ilustrara la edición británica. Pero Lambarri, siempre inconformista, se hartó de ser vasallo de la revista, que le robaba demasiado tiempo. Así que, ante la perplejidad del resto de dibujantes que se buscaban la vida en París, pidió la cuenta y se marchó a Madrid.

DE NUEVO EN ESPAÑA

En Madrid trabajó para ABC y su revista Blanco y Negro, mientras continuaba su aprendizaje copiando a los maestros del Prado e incluso recibiendo clases en la Facultad de Medicina para perfeccionar sus conocimientos de anatomía humana. En 1932 decidió instalarse en Palma de Mallorca.

En la hermosa Cala Mayor se construyó una villa. Sería el pacífico refugio que siempre ansió para pintar en libertad. Pero la guerra interrumpió aquella paz. Realizó tareas de traducción para el bando sublevado, ya que hablaba francés, inglés e italiano.

Tras la contienda, se instaló primero en Barcelona y luego en Canarias. En la ciudad catalana, en 1946, hizo su primera exposición. Con su casa de Mallorca como centro creativo, recorrió el país con sus obras durante varios años. De nuevo con residencia en Madrid, llegó a colaborar con Radio Nacional de España como experto en arte. Desde 1966 vivió en Barcelona. Harto de la crítica, se volcó en pintar y escribir, aunque nunca volvió a exponer. Falleció en esta ciudad en 1973.

UN CREADOR PURO

«Manuel de Lambarri fue un creador puro, un artista individualista e independiente», escribió el crítico y doctor en Historia del Arte Jordi A. Carbonell. «Hizo grandes sacrificios para crear una obra que trascendiera, una obra sincera que sólo respondiera a sus ansias expresivas. Fue todo lo contrario del artista que toda la vida explota un mismo lenguaje pictórico. Su trayectoria pasa por diferentes estilos sucesivos, distantes unos de otros: una primera época vanguardista, que incluye al pintor, durante los años 20, en lo que se ha llamado Escuela de París; una segunda gran etapa realista; y, por último, un gran periodo que podríamos llamar ‘idealista’ en el que el pintor intenta plasmar en la tela su verdad interior. Los cambios estilísticos no perjudican la calidad de la obra. Manuel de Lambarri siempre alcanzó niveles de calidad estéticamente admirables».

La diversidad formal de su pintura respondió, apunta el experto, «a una incesante búsqueda que siempre quedó insatisfecha. Esta actitud también se reflejó en su actividad puramente intelectual. Lambarri poseía una amplia cultura y un elogiable nivel de erudición en temas de arte y filosofía».

Destaca Carbonell que las ideas estéticas y artísticas del singular artista burgalés «tuvieron siempre una justificación teórica. En realidad, la evolución plástica iba estrechamente ligada a su postura existencial y a su pensamiento estético. Fue siempre fiel a sus ideas y defendió un arte intuitivo, sincero y profundamente expresivo».

 
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