EL ETERNO DESTIERRO DEL CID

No todos los huesos del héroe castellano reposan bajo la Catedral. Un trozo del cráneo del Cid y el fémur de su esposa se hallan en un castillo checo tras el asedio napoleónico. Un museo de Polonia también exhibe reliquias

Diario de Burgos - 02/06/2014

 

Decenas de personas inmortalizan a diario la tumba en la que reposan los restos del Cid y su esposa, doña Jimena. Sin embargo, no todos los huesos de Rodrigo Díaz de Vivar -conocido como el Cid Campeador- reposan bajo el cimborrio de la catedral de Burgos como se ha hecho creer desde que fueran depositados en tan sacro lugar en 1921. El paso de los siglos y los avatares históricos han diseminado por diferentes puntos del mapa europeo fragmentos y huesos del héroe castellano por antonomasia, dejando al descubierto un destierro más lejano en el tiempo que el que obligó al de Vivar a abandonar Castilla por orden de Alfonso VI en el siglo XI.

La primera tumba de Rodrigo Díaz de Vivar estuvo en la catedral de Valencia. Tras conquistar la plaza a los almorávides, el guerrero cayó junto a su Tizona el 10 de julio de 1099. Sin embargo, su primer descanso lejos de ser eterno duró apenas unos años. Tal y como narra en sus crónicas Colin Smith, en el año 1101 el rey Alfonso VI ordenó la evacuación de la ciudad de Valencia ante el inminente ataque del ejército moro. Un hecho que fue aprovechado por la esposa del finado, doña Jimena, para traerse los restos de Rodrigo hasta el monasterio en el que vivían ella y sus dos hijas, San Pedro de Cardeña.

El deseo de Jimena se vió cumplido. Tres años más tarde, en 1104, el matrimonio reposaría en el mismo espacio. De acuerdo con los cánones de la época, que prohibían la inhumación en el interior de las iglesias, todo apunta a que los restos del Cid y Jimena ocuparon un lugar privilegiado en el atrio o en la puerta de la iglesia. No sería hasta el año 1272 cuando, Alfonso X ‘El Sabio’ mandara construir un sepulcro de grandes dimensiones para el héroe y otro de madera más modesto para Jimena en la Capilla Mayor del cenobio.

En los siglos XV y XVI la decisiones de los abades de San Pedro de Cardeña de derribar la iglesia del monasterio y la construcción de un nuevo coro alteran el descanso de los finados causando un gran revuelo en la sociedad burgalesa del momento. Cuentan las crónicas que en 1541, el Abad Fray Lope entendió «como un estorbo» que el sepulcro estuviera al lado de la sacristía, motivo por el que pretendió hacer el traslado de los huesos del Cid en secreto. La noticia llegó a oídos de los regidores burgaleses que enviaron una misiva al emperador Carlos V para comunicarle los hechos.

La llamada del emperador al Abad Lope de Frías hizo que este viajara hasta la corte para exponerle que el cambio de ubicación de los restos del Cid se debían a un problema de espacio. Los argumentos del clérigo no convencieron al monarca que amenazó a la comunidad de San Pedro de Cardeña al pago de 10.000 maravedíes si no aceptaba la orden real.

INVASIÓN FRANCESA

La invasión napoleónica marcó un antes y un después la historia post mortem del Campeador. Las tropas de Napoleón Bonaparte, contrariadas por la derrota de Bailén, llegaron furiosas a la provincia burgalesa. Tras vencer en Gamonal, los poco respetuosos franceses saquearon el monasterio de Cardeña y el sepulcro del Cid y Jimena. Los restos quedaron por el suelo después de que los hombres del mariscal Ney profanaran los sepulcros hasta hacerlos añicos.

Pero poco tiempo duraron los restos mancillados en suelo castellano. En 1808, un grupo de representantes del senado del Imperio Francés, compuesto el príncipe Salm Dyck, el conde de Girardin y el barón Dellamardelle viajaron hasta Burgos para felicitar a las tropas vencedoras y, ya de paso, llevarse un fúnebre recuerdo.

Todo apunta a que fueron el príncipe Salm Dyck y el barón Dellamardelle quienes más reliquias se llevaron al país galo, al tiempo que Girardin hizo lo propio. Así lo atestigua un documento fechado en París el 10 de abril de 1811 firmado por los tres representantes franceses y que resultó esencial años después para que España recuperase parte del botín robado.

La amistad del príncipe Salm Dyck con el príncipe Carlos de Hohenzoller, quien llegaría a ser primer ministro de Prusia, hizo que parte de los huesos requisados en San Pedro de Cardeña pasaran a manos de la realeza alemana en el año 1857. Desde ese año, gran parte de los restos del Cid y doña Jimena se depositaron en el museo de Sigmaringen donde fueron custodiados hasta que un español dio con su paradero.

Fue precisamente Francisco María Tubino, comisario de España en la Exposición de Bellas Artes de Viena, quien de forma fortuita localizó los restos y viajó hasta Sigmaringen para comprobar la autenticidad de los mismos. Que los huesos eran del héroe castellano quedaría corroborado en 1882, momento en la que se iniciaron los trámites para que los restos volvieran de nuevo a España.

El 6 de marzo de 1882, Burgos se engalana para recibir los restos del que en buena hora nació. Según narran los rotativos de la época, todos los gremios, asociaciones y comitivas de la ciudad participaron de una ceremonia que partió de la Estación del Norte hasta la catedral, donde se ofició un solemne acto religioso. Sin embargo, los restos del héroe no aguardaron en la seo burgalesa, sino que fueron depositados en una urna en la casa consistorial.

El final de esta historia parece tener lugar el 21 de julio de 1921. En este momento, el monarca Alfonso XIII preside los actos del traslado de los restos del Cid y doña Jimena desde la Sala de Jueces del Ayuntamiento hasta el crucero del templo gótico. El infante don Fernando fue el encargado de bajar la urna con las reliquias hasta el sepulcro instalado bajo el cimborrio. Una losa de marmol custodia desde aquel momento los restos del Cid; pero no todos.

EN UN CASTILLO CHECO Y UN MUSEO DE POLONIA

El héroe castellano que solo salió de su querida Castilla para acabar con los moros, hubo de viajar mucho más después de alcanzar la paz eterna. Una parte de los restos mortales de Rodrigo Díaz de Vivar acabaron en la República Checa, en el palacio de Kynzvart, en la antigua Bohemia. Así lo aseguran desde la fortaleza, que incluye en su página web los restos del de Vivar como un reclamo para sus visitantes.

Todo se encuentra documentado mediante cartas en francés que prueban la procedencia de los restos y que demuestran que las reliquias pasaron primero por la villa de Metternich en Viena, antes de llegar a sus posesiones en Kynzvart.

Todo hace pensar que el trozo de cráneo del Cid y el fémur de su esposa llegaron hasta la Republica Checa tras el asedio napoleónico. Así lo atestiguan varias cartas en francés que guardan los responsables del castillo de Kynzvart y en las que se hace referencia a que los restos pasaron antes por la villa Metternich, en Viena. De ahí que los restos formen parte de la colección de curiosidades del príncipe Clemente Metternich, y por ende, estén avaladas por el departamento de cultura checo, lo que sumaría trabas a su devolución a España.

No solo la antigua Chequia presume de tener huesos del Cid y Jimena. También presumen de tenerlos en Polonia. En el Museo Nacional de Cracovia, capital de Polonia durante siglos, se halla una pequeña urna con lo que dicen ser cenizas del de Vivar. Sin embargo, el héroe castellano nunca fue embalsamado por lo que todo hace pensar que se trate de polvo y tierra de la tumba que fue saqueada en 1808 ya que en la toma de San Pedro de Cardeña estuvieron tropas polacas que apoyaron a Bonaparte.

Menos sentido guarda otra parte de este complicado rompecabezas. Concretamente la que sitúa reliquias del Cid en la sede de la Real Academia Española de la Lengua donde se descubrió hace un par de años la existencia de un fragmento del cráneo del que no se tenía conocimiento pese a encontrarse en suelo español. Las investigaciones consultadas lo sitúan en la capital española desde 1968, momento en el que el Nobel Camilo José Cela obsequió al estudioso cidiano por excelencia Ramón Menéndez Pidal con un trozo de hueso del cráneo del de Vivar para celebrar su 99 cumpleaños. Un regalo del que pocos tuvieron conocimiento y que devolvía a suelo español, que no castellano, parte del botín que el barón de Lamardelle se llevó durante el saqueo napoleónico.

Una escueta frase firmada en latín sobre la lápida de mármol que duerme bajo el cimborrio de la catedral de Burgos desea el eterno descanso del batallador castellano y su esposa. Un deseo no cumplido en su totalidad. El Cid lleva muchos años en un eterno destierro.

 
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